Hay un artículo de Vicente Verdú,
en “El País” del viernes
día 15, que roza una verdad
escasamente reconocida
hoy: que la maternidad (o paternidad)
corre el riesgo de banalizarse al quedar
convertida en un acto de posesión, en
el capricho de quien “adquiere” un niño
como quien comprase una mascota: ¿Un
hijo o una mascota? ¿Una mascota, un
hijo o un robot. Todo es celebrar las
múltiples opciones de concepción de la
mujer actual: con y sin sexo, con o sin
óvulo propio, con o sin pareja, con o sin
edad fértil. Pero, entre tanto, ¿qué dice
el niño?
Eso, qué dice el niño, es lo esencial.
Porque “la ventaja de la mascota sobre
el niño es que se adapta con mayor facilidad,
se somete con menor resistencia
y, en general, es incomparablemente
agradecida”. Un animal doméstico es
así aunque se haga adulto y se caiga de
viejo. Por eso no es sujeto de derechos
ni de deberes. Por eso se puede ser titular
de su propiedad hasta que se muera.
Una criatura humana es otra cosa: un ser
inteligente y libre, con unos derechos inherentes
a esa condición. Ser padre, ser
madre, no es una decisión equiparable a
la de irse a vivir a un adosado o cambiar
de empleo.
Hace poco, alguien expresó una idea
temible en su aparente inocencia progresista:
“ser madre ha pasado de ser
una misión a ser una opción”. Lo de misión,
claro, está dicho en sentido peyorativo.
Pero el concepto de opción parece
ligado, en este contexto, a una soberana
disposición del que opta sobre el objeto
de su acto libre. La contrapartida de
la opción libre, sin embargo, no es la
posesión, o el completo dominio sobre
el objeto, en este caso el hijo. La contrapartida
es la responsabilidad. Y aquí
es
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