El gobierno de Estados Unidos tiene amontonados US$1.100
millones de dólares en monedas de un dólar en bóvedas secretas en todo el país. Si se pudieran apilar todas estas monedas, se cubriría una distancia siete veces mayor a la que hay entre la Tierra y la Estación Espacial Internacional.
La otra cosa es que al gobierno estadounidense se le están agotando los lugares de almacenamiento y, sin embargo, las sigue produ-ciendo.
Lo que es peor: desde que el programa de acuñación comenzó, el gobierno estadounidense ha gastado US$30 millones sólo en promover las monedas, pero sin mucho éxito.
La explicación está en una ley, aprobada en 2007, que autorizaba una nueva serie de monedas de US$1 para conmemorar a presidentes desaparecidos.
Así, ya estampados en millones de piezas de ocho gramos de una aleación de bronce y manganeso, se encuentran los rostros de mandatarios que ya nadie recuerda, como Franklin Pierce, e ineficientes ejecutivos como James Buchanan, cuya incompetencia, afirman los historiadores, condujo al país a la guerra civil.
Resistencia popular
El Congreso aprobó la ley a pesar de las evidencias de que a los estadounidenses jamás les han gustado las monedas de un dólar.
En las transacciones comerciales en que se ve envuelta la moneda de marras se da una situación “peliaguda”, según lo identificado por la Casa de la Moneda. El comprador teme que el cajero no la acepte y los cajeros tienen miedo de que el comprador no la reciba en su vuelto.
También se ha identificado un círculo vicioso: los minoristas no mantienen estas monedas porque no ven que los consumidores estén dispuestos a utilizarla, mientras que los consumidores no utilizan las monedas porque los comerciantes no las mantienen.
Y el círculo vicioso se agranda porque los transportistas de dinero y los bancos no están dispuestos a lidiar con las monedas hasta que su uso no se haya gene-ralizado.
Para los bancos, las monedas de un dólar son asunto de coleccionistas, pero hasta los coleccionistas reclaman cuando las reciben.
La ley
La ley promulgada requiere que la Casa de Moneda emita cuatro nuevas caras presidenciales al año, incluso cuando se sabe que la mayor parte de las monedas del año anterior se encuentran almacenadas.
La Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, le ha advertido al congreso respecto al costo creciente del almacenamiento, pero declinó entregarle cifras a la BBC.
Sólo otra ley del Congreso podría detener el almacenamiento de monedas, ya sea deteniendo su producción o eliminando los billetes de un dólar. Todo esto se ve muy lejano, dado el ambiente radicalizado que se vive en esa instancia legislativa.